Hay algo de lo que poco se habla cuando trabajamos con proyectos: la frustración.
Esa sensación que aparece cuando las cosas no salen como las habíamos pensado. Cuando los estudiantes no responden como esperábamos, cuando el tiempo no alcanza, cuando algo que parecía una gran idea no funciona.
Y sí, pasa más de lo que se muestra.
Recuerdo una experiencia muy concreta. En un proyecto, estábamos trabajando en la fabricación de “piladrillos” (ladrillos hechos con pilas recicladas). Había mucha expectativa: planificación, organización, horas de trabajo.
Cuando logramos hacer el primero, se rompió al desoldarlo.
Volvimos a intentar. El segundo salió, pero era muy frágil. No teníamos el molde adecuado. En cuestión de segundos, todo lo que habíamos construido (y esperado) se derrumbó.
La frustración fue inmediata. Se notaba en las caras, en el silencio, en las ganas que empezaban a caerse.
Y ahí entendí algo clave: ese momento era más importante que el resultado del proyecto.
Como docente, mi rol dejaba de lado lo técnico, para dar paso a lo emocional: sostener al equipo.
Había dos caminos: dejar que la frustración cierre el proceso, o transformarla en un nuevo punto de partida. Y elegimos lo segundo. Paramos, analizamos qué había fallado, y volvimos a enfocarnos en lo que venía. No fue mágico ni inmediato, pero permitió que el grupo no se quiebre.
Ahí confirmé algo que hoy tengo muy presente, la frustración no es el final del aprendizaje, es parte de él.
También les pasa a los estudiantes, cuando trabajan en proyectos, se enfrentan a desafíos reales: organizarse, ponerse de acuerdo, sostener el esfuerzo, resolver problemas. Y en ese camino, muchas veces se frustran.
Acompañar esos momentos implica no solo reconocer lo que está pasando, sino ayudar a poner en palabras el problema: ¿qué falló? Para luego volver a mirar hacia adelante preguntándonos ¿Qué podemos mejorar?
Como docentes, también necesitamos darnos ese permiso.
No todos los proyectos van a salir como los imaginamos. Pero incluso cuando algo falla, hay un aprendizaje mucho más profundo en juego.
Porque cuando un grupo logra atravesar la frustración y seguir, no solo aprende contenidos, también aprende a no rendirse fácilmente, y eso, sin dudas, es uno de los aprendizajes más valiosos que podemos enseñar.
Para llevar a la práctica: Pensá en una situación donde algo no salió como esperabas.
- ¿Qué hiciste en ese momento?
- ¿Acompañaste la frustración o la evitaste?
- ¿Qué podrías hacer diferente la próxima vez?
